Descolgar el poster: Japón, frente a su mentor Brasil

Descolgar el poster: Japón, frente a su mentor Brasil
Japón y Brasil, un duelo con una historia por detrás (FIFA)

El fútbol japonés se hizo mayor de edad con un póster colgado en la pared. No era el de Alemania, el de Países Bajos, el de Diego: era el de Zico. Japón no quería simplemente jugar al fútbol: quería jugar “así”. Quería ser eso. Este lunes, tiene una cita con la historia: se enfrenta con el país idolatrado, buscando, por primera vez, ganar un mano a mano en una Copa del Mundo.

El póster de Zico es, sin embargo, el punto final de una obsesión de raíces profundas. A partir de la segunda mitad del siglo XIX y con mayor intensidad en las primeras décadas del XX, Japón atravesó una crisis de superpoblación y escasez de tierras que empujó a cientos de miles de familias a emigrar. Brasil fue uno de los destinos principales: el primer jugador brasileño en pisar el fútbol japonés fue Nelson Daishirō Yoshimura, quien llegó a Yanmar Diesel —hoy Cerezo Osaka— en 1967, a los 19 años. Yoshimura había estado jugando en Brasil para un equipo amateur compuesto íntegramente por japoneses-brasileños. Era descendiente de esa diáspora. Y traía algo nuevo.

Aunque era prácticamente desconocido en su país de origen, llegó a Japón con un nivel de habilidad y técnica que los fanáticos locales nunca habían visto. Yoshimura obtuvo la ciudadanía japonesa en 1970 y representó a la selección hasta 1976, siendo admirado por el énfasis brasileño en la técnica individual.

Era el círculo cerrándose: familias japonesas que cruzaron el Pacífico, que criaron hijos bajo en São Paulo o Curitiba, que los vieron crecer jugando al fútbol en la tierra del Jogo Bonito, y que eventualmente los vieron regresar —o enviar a sus hijos— a un Japón que no sabía muy bien qué hacer con esa herencia.

Más casos: Ruy Ramos llegó a Japón en 1977 y jugó en dos encarnaciones del Tokyo Verdy. Tomó la ciudadanía japonesa en 1989 y se convirtió en un jugador central de la selección nacional, donde actuó hasta mediados de los noventa. Después vendrían Wagner Lopes, Alex Santos, y el más recordado de todos: Tulio Tanaka, el defensor nacido en Curitiba que se naturalizó japonés y disputó los cuatro partidos de Japón en el Mundial de Sudáfrica 2010, siendo una pieza clave en la clasificación a octavos de final.

Esta corriente de jugadores formados en el fútbol brasileño pero vestidos con el azul samurái de Japón no fue un accidente ni una política migratoria improvisada. Fue la expresión futbolística de una relación cultural que el país asiático construyó deliberadamente alrededor de un modelo: Brasil.

El padre alemán y la llegada de Zico

Pero antes de que llegara el amarillo y verde, sin embargo, hubo un hombre de negro con el escudo del DFB en el corazón: Dettmar Cramer llegó a Japón en 1960 para asumir el cargo de entrenador de la selección nacional, con el objetivo de fortalecer al equipo de cara a los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964. Era un técnico alemán meticuloso, conocido en Europa como «el Profesor del Fútbol», que había trabajado bajo la tutela de Sepp Herberger —el arquitecto del «Milagro de Berna»— y que llegaría más tarde a ganar dos Copas de Europa consecutivas con el Bayern Múnich.

Dettmar Cramer: Coach who helped West Germany to World Cup glory and established football in Japan | The Independent | The Independent

Lo que hizo en Japón no fue solo entrenar: fue fundar. Cramer fue uno de los impulsores de la creación de la Japan Soccer League, el antecedente directo de la moderna J-League. Se ganó un estatus legendario cuando condujo a Japón a una sorprendente victoria sobre una Argentina donde desfilaba Roebrto Perfumo en los Juegos de Tokio de 1964. Cuatro años después, con Cramer al frente, Japón ganó el bronce en México. El mundo empezaba a prestar atención.

Pero si la federación japonesa honró a Cramer con el título, oficial, de “padre”, hacia los 90 se contagió de fiebre amarilla. Como todo el mundo, claro.

Cuando el 15 de mayo de 1993, en el estadio Nacional de Tokio, arrancó la J-League, no fue simplemente el inicio de una competencia profesional: fue una declaración de intenciones sobre qué clase de fútbol quería producir Japón. Y el símbolo más poderoso de esa declaración no fue un jugador japonés: fue Zico.

En 1991, Sumitomo Metal Industries —que pronto renacería como uno de los clubes fundadores de la J-League, Kashima Antlers— aseguró la firma de la leyenda brasileña Arthur Antunes Coimbra, conocido como Zico. Zico permaneció con los Antlers hasta que se retiró del fútbol activo en 1994, y su habilidad de primer nivel y su preparación meticulosa dejaron una impresión profunda en los fanáticos japoneses.

La llegada de Zico fue el catalizador, pero lo que siguió fue una ola. Ocho miembros del plantel de Brasil que ganó el Mundial de 1994 en Estados Unidos llegarían a jugar en la J-League en algún momento: desde Jorginho y Bebeto con los Antlers hasta Müller en el Reysol. También llegó Leonardo, cuyo golazo de 1995 con los colores de Kashima todavía es recordado por los hinchas hasta hoy. Müller, Jorginho y Leonardo llegaron a la isla meses después de ser campeones del mundo.

Y también viajó hasta el Lejano Oriente el compañero de Diego en Napoli: Zico fue acompañado en los primeros años de la J-League por su excompañero en la selección Careca (quien jugó en Kashiwa Reysol entre 1993 y 1996) y por el capitán del Mundial 1994 Dunga (Júbilo Iwata, 1995–98). Era como si Brasil hubiera decidido mudarse al archipiélago.

Identidades

El mensaje que Japón enviaba a sus propios jugadores era cristalino: miren a estos hombres. Aprendan de ellos. Jueguen así. Brasil es desde entonces una profunda influencia en el estilo, técnico, ofensivo, veloz, que Japón ha construido como identidad.

Por supuesto, ninguna identidad es monolítica, por más que así se cuente después, con una narrativa simplificada: nosotros los argentinos hablamos de “La Nuestra”, Brasil habla de “Jogo Bonito”, como si no tuviéramos nuestra propia historia de rigor táctico y carniceros, de influencias británicas y europeas. La identidad japonesa también es un cúmulo de influencias, construyéndose a lo largo del tiempo, y mutando, con los ladrillos que dejaron Cramer, Zico, la diáspora nikkei, Tom Byer, los Supercampeones (no se puede contar toda la historia acá). También el Diego, un poco antes, campeón mundial juvenil en 1971, en tierras japonesas, y musa del querido fotógrafo Masahide Tomikoshi, como de cientos de miles de japoneses. Entre ellos, de Ritsu Doan.

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Y también, claro, se erigió esa identidad con ladrillos de su propia cultura: el estudio meticuloso, la disciplina y el entrenamiento como ejes, desde la primera infancia, legado de una cultura militar al igual que el colectivismo (que entraría en tensión, en varias ocasiones, con ideas más individualistas en la cultura japonesa).

Pero, en definitiva, cuando Japón pensó su fútbol, no quería el fútbol físico ni el pragmatismo europeo de los años 80. Quería la pelota en el piso, la circulación fluida, el enganche habilidoso, el uno contra uno ganado con destreza técnica. Quería jugar al fútbol como lo hacen los brasileños. Lo demás también jugó su parte, y también el tiempo, las modas: hubo momentos donde el futbolista japonés mostró más gambeta y habilidad, pero hoy los extremos son más europeos que sudamericanos, más directos, menos creativos; y la circulación de pelota, a un toque, parece a veces más holandesa que brasileña. Claro que también la selección de Brasil es mucho más europea que aquella de los 90…

Pero no importa tanto: definir una identidad, abarcar sus complejidades y contradicciones, es tal vez imposible. Y en definitiva, los emblemas, los posters, los mitos, hablan: no serán la verdad, llena de tensiones, atravesada por la historia, hecha de ladrillos de diferentes procedencias, pero sin dudas esos mitos reflejan una ambición, una manera de verse a uno mismo. En Japón, el poster, más allá de Cramer y una idiosincrasia propia, es Brasil. Ahora, como toda persona que crece, quiere (necesita) descolgar el poster para mostrar que sí, que después de tanto tiempo de trabajo, de organización, tanto proceso, Japón está lista para dar el próximo paso.

Pedro Garay

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