¿Protección o segregación? Algunas claves para pensar la prohibición de las atletas trans en los Juegos Olímpicos
Todo vuelve: también los testeos de sexo a los Juegos Olímpicos. Instaurados en plena Guerra Fría, entre sospechas, en general, del Bloque Occidental de que había atletas soviéticas que no eran mujeres, sobrevivieron hasta Atlanta 1996, aunque con varios escándalos que marcaron que el Comité Olímpico Internacional (COI) ingresara al nuevo siglo sin exámenes para determinar si una atleta es mujer o varón.
Pero algunos éxitos deportivos de cuerpos no occidentales, no hegemónicos, del Sur global, trajeron las sospechas, y los testeos, de regreso: la sudafricana Caster Semenya fue marginada del deporte y la argelina Imane Khelif fue acusada de ser trans o, secretamente, un varón, sin demasiados argumentos, en los últimos Juegos. Frente al lío, el COI decidió cambiar su política laxa de los últimos años (cada federación, cada deporte, decidía sus reglas de elegibilidad) y decretó el regreso de los testeos, estableciendo una misma regla para todos los deportes.
La medida es controversial, desde ya, y plantea una serie de interrogantes y discusiones que vale la pena realizar. Y que nos realizamos aquí debajo.
Lo que dice la medida
Casi 30 años después de haber renunciado a los test genéticos de feminidad, el Comité Olímpico Internacional anunció que los retomará a partir de los Juegos Olímpicos 2028, lo cual excluye del deporte femenino a deportistas transgénero y a una gran parte de las intersexuales.
La admisión en las competiciones olímpicas femeninas «está ahora reservada a personas de sexo biológico femenino», no portadoras del gen SRY, explicó el COI en un comunicado. La razón del cambio: la nueva política de elegibilidad “protege la equidad, la seguridad y la integridad en la categoría femenina”, algo que Kirsty Coventry había adelantado que haría en su campaña para ser presidenta del movimiento olímpico.
El COI excluye a la vez a deportistas transgénero y a una gran parte de las intersexuales, portadoras de forma natural de variaciones genéticas y consideradas como niñas desde su nacimiento. Pueden llegar a librarse de la prohibición, sin embargo, si demuestran su «insensibilidad total a los andrógenos», es decir, la incapacidad de sus cuerpos de utilizar testosterona.
La decisión fue realizada tras consultar a expertos médicos y, también, a atletas del movimiento olímpico, lo que una vez más, como ocurrió con el debate en torno a las manifestaciones políticas en el olimpismo, sugiere que hay un consenso dentro del mundo deportivo que permitió establecer esta nueva medida.
Un guiño a Donald
Esta política elimina el principal asunto que podría haber generado un conflicto del olimpismo con el presidente estadounidense Donald Trump: desde el inicio de su segundo mandato, Trump excluyó por decreto a las deportistas transgénero del deporte femenino, una medida que iba contra las reglas vigentes del COI en ese momento.
El decreto de Donald otorga facultades a los departamentos de Justicia y Educación para garantizar que las entidades que reciben fondos federales cumplan con esta directriz, basándose en la definición de sexo asignado al nacer. Claro, una de esas entidades es la que organiza los Juegos de 2028, y el mundo se preguntaba si albergarían en Los Ángeles deportistas trans si sus federaciones deportivas lo permitieran, acorde a la normativa vigente del COI hasta entonces. Esa pregunta ya ha quedado trunca.
El testeo SRY y sus problemas
El testeo en cuestión es un hisopado o una muestra de sangre, que correrá bajo responsabilidad de las federaciones internacionales y en las instituciones deportivas nacionales. Se realiza una única vez en la vida del deportista: si se detecta el gen SRY, que inicia la formación testicular y por lo tanto la producción de testosterona, se considera que ese testeo indica sexo biológico masculino. El COI explica que de esa manera, solo podrán competir como mujeres aquellas que en la adolescencia hayan tenido un desarrollo sexual que ellos denominan “normal”, ya que según sus científicos, cualquier rasgo de lo que llaman desorden del desarrollo sexual implica una ventaja de base que es imposible equiparar.
Pero si bien el COI presentó un panel repleto de científicos para justificar la medida, el testeo, que ya tuvo su debut en los Juegos hace décadas y que demostró su falibilidad hace 30 años, fue considerado por el British Journal of Sports Medicine como un «anacronismo nefasto», por una cuestión clave: no existen «datos científicos de calidad sobre una posible ventaja de rendimiento deportivo» en las personas intersexuales portadoras del gen SRY.

Frente a la noticia, ocho expertos de Naciones Unidas mostraron preocupación por la «opacidad» del trabajo científico llevado a cabo por el COI, y estimaron por su parte que «la duda científica» llamaba a tomar medidas «fundadas en pruebas sólidas y específicas de cada deporte», no a esta regla universal para todos los deportes. Porque, en todo caso, la testosterona puede tener efecto en un lanzador de bala, pero ¿y en un tirador?
Todo eso, sin entrar en la ética del testeo, que para juristas de todo el mundo viola numerosas leyes nacionales e internacionales sobre la no discriminación, la bioética y la protección de la vida privada.
Historia del testeo de feminidad
El testeo no es nuevo, sino la última versión del examen de sexo que había implementado el Comité Olímpico antes de suprimir los testeos en 1999. El COI recurrió a los test de feminidad por primera vez en 1968, por presión desde Occidente: en medio de la paranoia de la Guerra Fría, se suponía que los oros soviéticos se explicaban con trampas y disfraces. Por eso, en México 68 se estableció un testeo bien invasivo: las atletas mujeres desfilaban desnudas (no hace falta recalcar que no se sometía a pruebas de verificación a los varones).
Ya desde 1972, llegaron los hisopados: de forma mucho menos invasiva (aunque siempre el escrutinio está puesto en la mujer), se raspaba la cara interna de la mejilla de las atletas en busca del cromosoma Y. El test de Barr se basa en la idea de que todas las “mujeres” tienen dos cromosomas X, y todos los “varones” uno solo. Pero ya entonces la ciencia sabía que existían combinaciones cromosómicas que esa prueba no podía detectar: no existe un único indicador biológico, de hecho, que pueda categorizar de manera clara y directa a todos los humanos como masculinos y femeninos. Existen numerosos indicadores, pero ninguno de ellos se encuentra en todas las personas etiquetadas como masculinas y femeninas, como explican Besnier, Bronwell y Carter en su “Antropología del deporte”.
Pero a pesar de que los propios científicos desaconsejaban el uso del test de Barr para definir de forma tajante el sexo de las personas, las pruebas con el método continuaron hasta 1991, dos décadas en que muchas mujeres descubrieron que tenían particularidades y anomalías que ignoraban. Algunas, incluso, sufrieron importantes consecuencias, como la española María José Martínez Patiño, que no “aprobó” el test y vio cómo le sacaron todos sus récords de los libros de registros. Le llevó dos años recuperar su licencia deportiva, gracias al apoyo de un genetista que le explicó que era una mujer XY, algo que el uso del test de Barr que realizaba el COI consideraba imposible, y que, además, no se había beneficiado en forma alguna de su cromosoma Y, porque su cuerpo era insensible a los andrógenos, hormonas ligadas al desarrollo sexual y muscular masculino. Mucho peor le fue a la atleta india Pratima Gaonkar, que se suicidó luego de que se hiciera público que había fallado un testeo de verificación de sexo, en 2001.

En más de 20 años de tests, nunca se había desenmascarado a un varón haciéndose pasar por mujer. El impostor masculino no existía. La Guerra Fría llegaba a su fin, y con ella terminaba una era de paranoia desmedida. Genetistas, atletas, feministas y hasta políticos pedían el fin de unas pruebas inexactas, que no consideraban el espectro intersexual y que eran humillantes y discriminatorias.
Pero el COI no desechó las verificaciones en Barcelona 1992, apenas suplantó el test de Barr por otro test que consideraba más sofisticado: se realizaba el mismo hisopado pero en busca del gen DZY1, que en general se encuentra en el cromosoma Y. Si la prueba daba positiva, se realizaba un segundo test, en busca del gen SRY, que inicia la formación testicular. Lo curioso es que mientras en la sociedad de a pie el testeo arrojó 100% de coincidencia entre el sexo declarado y el sexo testeado, en Barcelona once atletas dieron “positivo” de tener el gen SRY… y un examen visual les permitió competir. El problema persistía, simplemente, porque, en un mundo que comenzaba a aceptar lentamente que cada persona puede determinar su identidad de género, el COI insistía con una ficción: el modelo de sexo binario hombre-mujer.
La idea de que el sexo biológico esté completamente definido por los cromosomas es «exageradamente simplista», dado el papel que desempeñan las «hormonas, los órganos genitales y los caracteres sexuales secundarios», lamentaba el año pasado el genetista Andrew Sinclair, descubridor del gen SRY. «Junto con muchos otros expertos, convencí al COI de que abandonara el uso del test SRY antes de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Por eso resulta muy sorprendente ver, 25 años después, un intento desacertado de reintroducirlo».
¿Categorías abiertas?
Parece imposible que estas tensiones acaben sin una revolución olímpica: el problema de fondo es que el modelo binario es fundacional en la historia olímpica y en la historia del deporte moderno, que siempre existió segregando mujeres de varones.
Por eso, si bien luego de resultados similares con el testeo SRY en Atlanta 96 la comunidad científica presionó para que se desestimaran los exámenes, cuestionando su idoneidad, las rispideces continúan todavía hoy, cuando el COI decide volver al testeo, reforzar su modelo binario.
Cuesta entender desde el hoy cuánto ha impactado el COI en el establecimiento del binarismo en el deporte moderno. Existían antes de los Juegos (todavía existen) en todo el mundo prácticas culturales, que podríamos llamar deportes, que eran mixtas, menos reguladas, arraigadas en otros valores distintos al “más rápido, más alto, más fuerte” del olimpismo. Pero el olimpismo triunfó en instaurar un deporte, occidental, en todo el mundo: la creación de los Juegos llevó, en cuestión de pocos años, a principios de siglo XX, a establecer reglas iguales para la competencia en todo el mundo, federaciones rectoras en todo el planeta. Una de esas reglas era la práctica segregada del deporte: varones por un lado, mujeres por el otro (mujeres, además, en pocos deportes, los menos posibles). El deporte reforzó el modelo binario que regía la sociedad occidental, y lo globalizó, estableciendo cuerpos “normales” “anormales” y repartiendo roles según los géneros y sofocando otras expresiones de sexos y géneros.
La división entre mujeres y varones es uno de los pilares fundacionales del olimpismo: no hace falta preguntarse entonces por qué el Comité Olímpico no avanza hacia la creación de una categoría abierta o absoluta que abra el juego a otras expresiones sexogenéricas (aunque tal vez no sea la solución, ya que esa categoría quedaría inmediatamente reducida a un papel secundario, un mero mecanismo “solidario”).
“El problema estriba en que la biología humana no se descompone sin más en hombres y mujeres con la amabilidad que los órganos rectores deportivos desearían. Y ningún avance tecnológico de las dos últimas décadas ha conseguido cambiar en lo más mínimo la situación, ni lo hará en el futuro”, escribe David Epstein en su libro “El Gen Deportivo”.

El pánico trans: sin lugar
La nueva/vieja reglamentación del COI se da en medio de un clima de época particular: el “pánico trans” es real en el deporte y en la sociedad, una especie de reacción conservadora al avance de los colectivos trans en su búsqueda de derechos e igualdad.
Es pánico, pero es, además, una especie de paranoia: en toda la historia de los Juegos Olímpicos, solo hay una atleta trans de la que se tenga registro, la pesista Laurel Hubbard, que se sometió a terapia hormonal y tomó medicación para reducir su nivel de testosterona. Compitió en un solo Juego, en Tokio, y no ganó medalla. En apenas 6 años, hemos pasado de aquel hito para el deporte trans a esta regla que parte de la sospecha de un complot trans para apropiarse del deporte femenino, y excluye de la participación a las mujeres trans.
Los Juegos Olímpicos afirman, sin embargo, que no excluyen a las personas trans: pueden participar, si quieren, en la categoría masculina, o en categorías abiertas o mixtas que, como dijimos, apenas existen.
Lo disidente, también segregado
Pero no solo las atletas trans quedan afuera de la categoría femenina, también casi todas las atletas que muestren lo que el COI llama desorden, como mencionamos, del desarrollo sexual, y que es, simplemente, un desarrollo biológico distinto al del modelo binario.
Como señala Madeleine Pape, socióloga y ex atleta: «El interés de estas pruebas para los organismos deportivos es ‘apuntar’ conjuntamente a deportistas transgénero e intersexuales, poniendo fin a las normativas diferenciadas. Pero si bien hay algunos datos sobre las deportistas trans, no existe ningún estudio independiente sobre el rendimiento de las atletas intersexuales».
El deporte viene hace rato sospechando de estas atletas que presentan “rasgos” diferentes. El caso de Caster Semenya es, desde ya, el más emblemático: doble oro olímpico en 800 metros en 2012 y 2016, pasó buena parte de su carrera investigada por su aspecto físico desde 2009, cuando triunfó en los Mundiales de Berlín. Fue obligada a someterse a la prueba de verificación de sexo, y aunque los tests, que duraron once meses, le permitieron volver a competir, los resultados se filtraron a la prensa embarrados por inexactitudes y sensacionalismo.

Semenya no presentaba características cromosómicas asociadas a la masculinidad, sino que es hiperandrógina, al presentar una tasa elevada de hormonas sexuales masculinas (la ya mencionada testosterona). Entra dentro del espectro “intersex”, aunque ella se consideró siempre mujer; pero, más importante, el test cromosómico que utilizaron en ese momento no podía discriminarla. Entonces, la IAAF, la federación que regía el atletismo mundial, cambió las reglas y buscó fijar un “umbral” de testosterona bajo el cual se podía competir. Aunque las atletas lo presentaran de manera natural, para competir debían someterse a tratamientos hormonales que producen todo tipo de desórdenes.
Equiparar niveles de testosterona a rendimiento es reductivo, como ya planteamos, pero, además, presentaba un problema: en medio de la polémica por Semenya, se realizaron investigaciones, con muestreos pequeños, que mostraron que más del 16% de atletas masculinos que encajaban dentro del llamado “rango femenino” de testosterona, y casi 14% de mujeres que encajaban dentro del rango “masculino”. Demasiado: convertía en tramposos a uno y medio de cada diez atletas.
“Si bien algunos intentaron explicar (la aparición de atletas con características intersex del llamado Sur global) con el argumento de que era improbable que las atletas criadas en países en desarrollo tuvieran acceso regular a la atención médica, y que por ende era probable que su condición de intersex pasara inadvertida, otros compararon el escrutinio de las atletas del Sur Global con la verificación de la femineidad de las atletas del bloque soviético durante la Guerra Fría. Por consiguiente, el escrutinio médico no es aleatorio: obedece a relaciones geopolíticas y refleja las inquietudes que los cuerpos oriundos de sociedades no occidentales despiertan en los centros del poder político mundial”, afirman Besnier, Brownell y Carter.
Semenya intentó obedecer las reglas, pero finalmente se cansó y se retiró, decidida a combatir el escrutinio y los testeos sobre las atletas intersex.
«Nuestros sueños se han roto y nuestras vidas han quedado para siempre impactadas», escribieron el miércoles nueve atletas intersex, entre ellas Semenya, a la presidenta del COI, Kirsty Coventry. «Algunas de nosotras hemos sido abandonadas por miembros de nuestra propia familia, hemos perdido la posibilidad de recibir una educación y hemos tenido que abandonar nuestro país de origen»; otras, además, se han visto obligadas a someterse a «intervenciones médicas nocivas e innecesarias», como mutilaciones genitales documentadas en 2019 por la cadena alemana ARD.
Lo curioso del asunto es que, mientras otras ventajas genéticas son consideradas como dones (la altura, la velocidad), en este caso, las atletas fueron castigadas por ocupar los valles de la campana de Gauss, lo cual es absolutamente lógico: en un deporte cada vez más especializado, los atletas de elite no suelen representar al promedio de la sociedad sino que suelen ser “diferentes”. ¿Por qué se castiga su ventaja natural?
De abajo para arriba
Las atletas de elite son las impactadas por esta nueva normativa, pero la implantación de esta norma de un organismo que se rehúsa a cambiar su visión sobre el modelo binario obliga a otra pregunta: ¿hay que seguir esperando que el olimpismo cambie?
Porque, en definitiva, no es solo el olimpismo el que está en deuda: la inclusión es una deuda en todos los estamentos deportivos. Que solo haya habido una atleta trans en la historia deportiva revela algo más que la paranoia del movimiento olímpico: la poca participación de las atletas trans en el deporte de base, afectadas por sospechas, prohibiciones en las normativas locales, la necesidad de tener que pelear cada espacio. El deporte de base es inclusivo a regañadientes, cuando lo es, y tiene otras formas de segregación y discriminación, no escritas, subterráneas.
Lo primero, entonces, es construir esa base: espacios seguros para la práctica del deporte para las personas trans. Menos segregación de categorías, más mezcolanza e inclusión en las políticas públicas de base. Para las personas trans, mayor acceso al deporte no tiene que implicar solo el sueño de una carrera deportiva de elite, sino, más importante, el acceso a mejor salud, la posibilidad de socializar, el anclaje a una comunidad. Y en todo caso, de allí podría surgir un empuje real, desde abajo para arriba, para realizar la revolución que el COI se resiste a dar.