Marty Supreme: la película de Chalamet y el momento que cambió para siempre el tenis de mesa

Marty Supreme: la película de Chalamet y el momento que cambió para siempre el tenis de mesa

En algún rincón de la Nueva York profunda, la que queda todavía sin gentrificar, habrá personajes ya entrados en años, quizás rodeados de algunos jóvenes discípulos, que juran y perjuran que el verdadero tenis de mesa era otro: más duro, más recio, un pasatiempo de buscavidas jugado en antros oscuros por dinero, y, sobre todo, jugado con palas duras, nada de gomas y efectos raros.

Ese es el tenis de mesa que juega Marty Mauser en “Marty Supremo”, una de las películas candidatas al Premio Oscar, actualmente en los cines. Mauser, encarnado en la película por Timothée Chalamet, es un jugador de mugrosos bares y fondas en los 50 neoyorkinos: es un jugador importante del circuito mundial, pero por entonces no había sponsors, ni gimnasios bien iluminados, ni televisación, así que Marty apuesta y estafa a quienes no lo conocen (casi todos: nadie conocía por entonces a ningún jugador de tenis de mesa) buscando juntar un mango para viajar y competir. No era una situación poco común en el circuito: los checos, campeones mundiales en 1951, no pudieron viajar a competir en el mundial de 1952, año en que transcurre la película.

La Nueva York y el mundo en que transcurre la película son ficción, pero está basada en la realidad de aquellos años sórdidos para la ciudad y para el tenis de mesa. De la misma manera, Marty Mauser no es una persona real, pero está inspirado en un jugador que sí existió: Marty Reisman, magnético buscavidas del under neoyorkino, medallista mundial y ganador de 22 títulos mayores, y acto de entretiempo para los Globetrotters. Y, ante todo, un defensor acérrimo de la pala dura o “hardbat”, un estilo de juego, una forma de vida incluso, que estaba llegando a su fin en aquel 1952.

La revolución tecnológica: hardbat vs. softbat

Aquel Mundial celebrado en India tuvo en competencia por primera vez a los japoneses: terminaba la ocupación estadounidense del país asiático, tras la Segunda Guerra Mundial, y la prohibición de viaje que tenían los ciudadanos japoneses comenzaba a flexibilizarse. Los japoneses llevaron al torneo palas blandas (“softbat”), paletas recubiertas con una especie de caucho esponjoso, similares pero distintas a las gomas del tenis de mesa actual. Y sin dudas, muy distintas a las palas de aquel entonces, esas paletas duras, finitas, con picos, espinillas, sin esponja, que todavía se encuentran en algunos quinchos de Argentina.

Aquellas palas duras brindaban un juego más largo, más lento, con puntos que podían durar largos minutos y que se prestaban a la espectacularidad. El público, además, podía seguir con mayor claridad lo que ocurría. Las esponjas trajeron un juego velocísimo, en el que la pelota sale catapultada de la paleta y agregando, además, en giros y efectos. Un juego de puntos más vertiginosos y cortos donde no era del todo evidente para la audiencia por que un tiro aparentemente simple terminaba con el oponente estrellando vergonzosamente la pelota contra la red.

El dominio asiático y el cambio de paradigma

Esos efectos perversos y esa bola veloz encontraron por primera vez los jugadores occidentales cuando se cruzaron a los japoneses en 1952 (aunque algunos europeos ya habían experimentado con palas blandas, pero eran minoría). Ese año el nipón Hiroji Sato fue campeón del mundo usando pala blanda. Hombres y mujeres japoneses ganaron el dobles, el equipo de mujeres el oro y el equipo de varones el bronce. Sus rivales insistían en que no eran buenos jugadores: todo era por efecto de las paletas. La misma queja que ejecuta el Marty de la ficción contra su némesis cinematográfico, Koto Endo (encarnado por Koto Kawaguchi, jugador de tenis de mesa en la vida real y bronce en los Juegos Olímpicos para Sordos de 2022), cuando se lo encuentra en el Abierto Británico de 1952, previo al Mundial en India que da el clímax a la película.

Ese Mundial, en el mundo real, marcó el inicio de una época de absoluto dominio japonés en el deporte. En 1953 no participaron, pero en los Mundiales entre 1954 y 1960 ganaron todas las pruebas por equipos masculinos, además de muchas otras medallas, éxitos que acompañaron la apertura de la Japón de posguerra al mundo. En 1961, Japón cede el trono a China, y ya no habrá vuelta atrás: desde entonces, el país de Mao se convirtió en la máxima potencia del deporte, que es en el país del dragón una cuestión de Estado. Y que también acompañó la apertura al mundo del país: en 1971 tendría lugar la “diplomacia del ping pong”, el encuentro entre un jugador estadounidense y uno chino que abrió la puerta al diálogo entre ambos países.

Entre persecuciones, tiros y aventuras para el rufianesco Marty Mauser, “Marty Supreme” relata así un momento clave en la historia del tenis de mesa: el deporte que había nacido como un juego de salón para la clase alta inglesa se convertía en una obsesión masiva en Asia, que comenzaba a monopolizar el deporte gracias a un cambio en las paletas. El deporte protagonizaba su primer salto, un salto tecnológico que aceleró el juego hasta volverlo invisible: hacia los 80 comenzaría una serie de modificaciones en el equipamiento que buscó ralentizar el juego y volver a la pelota visible para las transmisiones televisivas.

El legado de una era

Pero todo cambio tecnológico, todo salto moderno, tiene sus detractores: en muchos lugares del mundo, incluido el under neoyorkino del tenis de mesa que todavía sigue en pie, sostienen que el verdadero tenis de mesa se juega con las viejas palas. Marty Reisman, el verdadero, el que inspiró la película que va por el Oscar, fue uno de los que no quiso aceptar el cambio de época: todo hombre ve la muerte de un mundo, el suyo.

Reisman siguió jugando por décadas con pala dura, obstinado: no jugaba, defendía una era entera, una era más atada con alambre, de jugadores más recios, de juego más espectacular y libre, una era menos sanitizada, menos moderna. Un estilo de vida. Su última medalla fue el bronce mundial en el dobles de 1952. Murió 60 años después, en 2012: no llegó a ver, del todo, el resurgimiento del “hardbat”, que desde 2011 tiene un mundial dedicado a la especialidad.

Pedro Garay

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