La FIFA perdió el control del Mundial: el intervencionismo de Donald Trump llega al fútbol y hace añicos la confianza del mundo futbolero
En el Mundial 2026, esta semana, el fútbol ha pasado a un peligroso segundo plano. Lo que debía ser un debate sobre tácticas, goles y rendimiento, se ha transformado en un escándalo geopolítico sin precedentes. La expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun ha desatado una tormenta que expone la mayor debilidad de la FIFA en la era moderna: su nula capacidad para frenar el intervencionismo político de Donald Trump.
Para entender la gravedad del asunto, hay que repasar los hechos. Tras la tarjeta roja que dejó a Estados Unidos con diez hombres y condicionó el futuro de su máxima figura ofensiva en el torneo, el descontento en el país anfitrión era esperable. Los aficionados reclaman, los periodistas debaten y los entrenadores se quejan; todo eso es parte del folclore del fútbol. Pero lo que rompió cualquier límite ético y estatutario fue la injerencia directa de la Casa Blanca.

Que el propio presidente Donald Trump admita públicamente haber levantado el teléfono para exigirle a la FIFA una revisión o una intervención directa por la sanción a Balogun es, lisa y llanamente, un atropello a la integridad del deporte.
Durante décadas, el máximo organismo del fútbol mundial ha sido implacable con las federaciones de países en vías de desarrollo. Hemos visto a selecciones africanas, asiáticas y latinoamericanas ser suspendidas y expulsadas de competencias internacionales por la más mínima intromisión de sus gobiernos en los asuntos de sus asociaciones de fútbol. La regla de oro de la FIFA siempre fue clara: el poder político y el fútbol no se mezclan.
¿Y la imparcialidad?
Pero parece que esa regla tiene letra chica. Cuando la presión proviene del Despacho Oval y del mandatario de la nación que organiza y financia gran parte de este Mundial, las normativas draconianas de Zúrich se vuelven de papel. La pasividad con la que la entidad rectora ha manejado esta declaración de Trump demuestra una sumisión alarmante. La FIFA ha perdido el control de su propio torneo.

¿Cómo pueden el resto de las selecciones confiar en la imparcialidad del certamen a partir de ahora? Si Estados Unidos avanza en el Mundial y se ve beneficiado por una decisión del VAR o del comité disciplinario, la sombra de la duda cubrirá cada fallo. El «mundo futbolero» ha visto cómo su competencia más sagrada se convierte en una herramienta de populismo y demostración de poder político.
El caso de Balogun ya no se trata de si la falta merecía roja o amarilla. Se trata de un mensaje nefasto para el futuro del deporte. Al permitir que el intervencionismo presidencial dicte la agenda arbitral y disciplinaria en su torneo estrella, la FIFA ha hecho añicos la credibilidad del Mundial 2026. Hoy, la pelota está manchada, no por el barro del campo de juego, sino por la tinta de los despachos políticos.